Amanecía el
día, después de una noche de insomnio, me apetecía dormir, pero mi mente me
decía “eres la rutera, has de levantarte, ¡tienes que ir!”. Con lentitud
preparé todos los elementos para la
ruta: mochila, comida, agua, que no falte la gorra (es importante) y me dirigí
a la Plaza de San Francisco. Allí estaban todos, a las 8:30 en punto, faltaban
dos, pero vinieron dos, pero ahí estábamos, dispuestos a hacer la ruta a pesar
del calor que todos sabíamos que íbamos a pasar. El viaje ameno, somos 14, podemos
charlas, dormitar y escuchar, Gerardo contando historias de los pueblos por los
que pasábamos, Manolo de las plantas y así llegamos a Torrenueva, nos dirigimos
al punto de salida, que a pesar del tiempo transcurrido desde que la visitamos,
gracias a los apuntes de Chelo y Encarna (yo solo conducía), encontramos sin
dificultad.
Empezamos
el andar, camino llano, seco, como es La Mancha, después, una larga subida que
nos dejó a todos con el resuello por los suelos, llegamos a la cumbre,
respiramos, vemos el paisaje al fondo y seguimos, como no, las rutas es un
seguir y seguir andando para llegar al final. No era como el poema de Machado,
porque aquí sí que hay camino, se hace entretenido, al ser pocos es posible
escuchar, explicar, hablar. Bajamos el cerro y un pequeño error, debido
precisamente a la charla, nos hace desviarnos hacia Las Virtudes en vez de
seguir el camino hacia Valdepeñas, rectificamos, a veces hay que volver atrás
para por continuar.
Sigue
el calor avanzando, una ligera brisa nos va acompañando y hace más cómodo el
andar, vamos buscando la sombra, hay poca, pero se agradece, seguimos por esta
llanura manchega que tanto nos gusta contemplar cuando vamos en el coche con
nuestro aire acondicionado, pero que andando y con calor se hace eterna. Hay
ratos que el sol se tapa, ¡ánimo que vamos lento!, ¡tenemos que avanzar antes
de que haga más calor!, pero los pies pesan, el agua fresca gracias a Concha
que tuvo la previsión de llevarla congelada, pasa por mi garganta seca como el
paisaje, y a seguir, siempre seguir.
En
una parada, en la sombra invidentemente, llega la pregunta clave: ¿comemos en
el campo, sobre la marcha o en el bar con una cerveza fresquita?, impera el
sentido senderista, buscamos una gran sombra para cobijarnos del sol que a esa
hora plomizo, y a comer, descansar e intentar refrescarnos. Sigo con el agua de
Concha todavía con hielo, la botella de
Tomás con más hielo, como siempre preguntas a Manolo sobre los árboles y
plantas, Gerardo ve un escorpión enrollado y pidiendo con urgencia la cámara de
foto lo vamos mirando, no se puede fotografiar, está enrollado y metido en su
agujero, lo tapamos con una piedra y a seguir caminando, quedan 2 km., la gente
se anima y continuamos.
Por
fin, la mirada se dirige hacia la carretera y al fondo el autobús de Bravo, ese
autobús que siempre y en cada ruta nos acompaña, respiramos, estiramos un poco
y a 10 km., esta vez en autobús, nos vamos a una terracita en Torrenueva donde
nos esperaba como no, la ansiada cerveza helada y otras bebidas en las mismas
condiciones, sombra, y sillas para descansar un poco.
Ha
sido un bonito día a pesar del calor, algunas quemaduras y como no, estas
malditas ampollas, que el calor y la falta de práctica, han hecho su aparición
en mis plantas.
De Francisca Saucedo para Sendeman
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