lunes, 4 de febrero de 2013

Torrenueva



Amanecía el día, después de una noche de insomnio, me apetecía dormir, pero mi mente me decía “eres la rutera, has de levantarte, ¡tienes que ir!”. Con lentitud preparé todos los elementos para  la ruta: mochila, comida, agua, que no falte la gorra (es importante) y me dirigí a la Plaza de San Francisco. Allí estaban todos, a las 8:30 en punto, faltaban dos, pero vinieron dos, pero ahí estábamos, dispuestos a hacer la ruta a pesar del calor que todos sabíamos que íbamos a pasar. El viaje ameno, somos 14, podemos charlas, dormitar y escuchar, Gerardo contando historias de los pueblos por los que pasábamos, Manolo de las plantas y así llegamos a Torrenueva, nos dirigimos al punto de salida, que a pesar del tiempo transcurrido desde que la visitamos, gracias a los apuntes de Chelo y Encarna (yo solo conducía), encontramos sin dificultad.
                Empezamos el andar, camino llano, seco, como es La Mancha, después, una larga subida que nos dejó a todos con el resuello por los suelos, llegamos a la cumbre, respiramos, vemos el paisaje al fondo y seguimos, como no, las rutas es un seguir y seguir andando para llegar al final. No era como el poema de Machado, porque aquí sí que hay camino, se hace entretenido, al ser pocos es posible escuchar, explicar, hablar. Bajamos el cerro y un pequeño error, debido precisamente a la charla, nos hace desviarnos hacia Las Virtudes en vez de seguir el camino hacia Valdepeñas, rectificamos, a veces hay que volver atrás para por continuar.
                Sigue el calor avanzando, una ligera brisa nos va acompañando y hace más cómodo el andar, vamos buscando la sombra, hay poca, pero se agradece, seguimos por esta llanura manchega que tanto nos gusta contemplar cuando vamos en el coche con nuestro aire acondicionado, pero que andando y con calor se hace eterna. Hay ratos que el sol se tapa, ¡ánimo que vamos lento!, ¡tenemos que avanzar antes de que haga más calor!, pero los pies pesan, el agua fresca gracias a Concha que tuvo la previsión de llevarla congelada, pasa por mi garganta seca como el paisaje, y a seguir, siempre seguir.
                En una parada, en la sombra invidentemente, llega la pregunta clave: ¿comemos en el campo, sobre la marcha o en el bar con una cerveza fresquita?, impera el sentido senderista, buscamos una gran sombra para cobijarnos del sol que a esa hora plomizo, y a comer, descansar e intentar refrescarnos. Sigo con el agua de Concha todavía con hielo, la  botella de Tomás con más hielo, como siempre preguntas a Manolo sobre los árboles y plantas, Gerardo ve un escorpión enrollado y pidiendo con urgencia la cámara de foto lo vamos mirando, no se puede fotografiar, está enrollado y metido en su agujero, lo tapamos con una piedra y a seguir caminando, quedan 2 km., la gente se anima y continuamos.
                Por fin, la mirada se dirige hacia la carretera y al fondo el autobús de Bravo, ese autobús que siempre y en cada ruta nos acompaña, respiramos, estiramos un poco y a 10 km., esta vez en autobús, nos vamos a una terracita en Torrenueva donde nos esperaba como no, la ansiada cerveza helada y otras bebidas en las mismas condiciones, sombra, y sillas para descansar un poco.
                Ha sido un bonito día a pesar del calor, algunas quemaduras y como no, estas malditas ampollas, que el calor y la falta de práctica, han hecho su aparición en mis plantas.
De Francisca Saucedo para Sendeman

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