lunes, 4 de febrero de 2013

Siruela



OTOÑO EN SIRUELA SIN COCHINILLO

Si escribiera los recuerdos, diría que Cosme me sugirió hablar sobre las piedras del camino que hacen hitos una sobre otra. O de los arbustos de nuestra rica vegetación mediterránea. O acerca de cada uno de los que estuvimos allí aquel día………….
Tal vez el viento lleve lejos las palabras o la brisa nos susurre silencios imborrables, momentos que transcurren en los días tranquilos del otoño, cuando el sol calienta nuestra espalda y nos empuja hacia el infinito.
Si el tiempo se detiene, siempre nuestros ojos ven el mismo cielo y nuestro corazón siente la misma quietud. Serenos al regreso que no al comienzo, recordando la lluvia caída, encharcando de nuevo los campos.
Ha transcurrido una semana desde que estuvimos aquí, en Siruela, pueblo de Badajoz cercano a Agudo. Pero hoy somos unas 40 personas. Saludamos al señor del chalet que tan atentamente nos dio la información de cómo acceder a la Celada por lo que siempre fue el Camino a Garlito, pueblo próximo al que nos encontramos. Nos devuelve una sonrisa, levantando la llana con la que se ayuda a levantar el muro de la vivienda.
Y comenzamos el ascenso. Mal comienzo para una ruta que no estará exenta de aventuras. La mañana está limpia y divisamos un bonito valle, conforme nos alejamos de Siruela. Tenemos que subir a lo alto de la sierra para descender paralelos al Valle de los Castaños, encaminándonos hacia La Celada, entre pendientes que suben y bajan como toboganes.
Llegado a un punto en que nuestro camino gira bruscamente hacia la izquierda, perdiéndose casi entre la maleza, nosotros optamos por continuar atrochando, campo a través para salvar la pendiente hasta Peña Gacha. Tras atravesar el olivar, las indicaciones del GPS son correctas y las que nos dieron otro grupo de albañiles cuando entramos por primera vez al pueblo tampoco se equivocan. Decir que en este pueblo extremeño todos sus habitantes reforman personalmente sus moradas.
Ya nos habían advertido que el camino se perdía y que casi había que andar a gatas. Y pensaréis que siempre nos encontramos en la misma postura, que una y otra vez volvemos a la más tierna infancia para adelantar los pasos.  Pues a gatas no vamos, pero un machete no hubiera estado de más para ir cortando las ramas de los acebuches, que nos cortan a nosotros los brazos. O para apartar el romero o la lavanda, el orégano que Gerardo recoge y que muy bien explica Blanca su utilidad en pizzas y todo tipo de pasta. Ignacio, nuestro socio más joven escucha atentamente. Se nota que él es de buen comer.
Los más avezados, como Cosme o Manolo no se conforman con ver la gran variedad de arbustos. Recogen uno de los frutos más preciados de la época: las setas, que como buenos micólogos identifican rápidamente. Y nos sorprende una de color rojo muy llamativa. La que siempre aparece en los cuentos y que ahí se queda porque nadie es capaz de cogerla. Los madroños no están aún maduros.
Al llegar al punto más elevado hacemos una pequeña parada. Hemos tenido que saltar también una alambrada oxidada. Los brazos están marcados, nuestros cabellos despeinados y mezclados con ramitas y pequeñas hojas. Hemos perdido parte de la mochila y los buitres nos acechan en lo alto. Mientras mordemos la manzana seguimos el vuelo. Una, dos, tres vueltas. Y se pierden. Magia. Misterios que no entendemos cómo suceden.
Por eso el camino ahora es amplio y a ambos lados respiramos el fresco olor de los pinos. Hay pequeñas pendientes que nos llevan hasta la Celada y allí una nueva senda, también perdida y oculta. Sabemos que el camino está abajo y nos preguntamos cómo Paqui ha podido cambiar un cochinillo en Chillón por un bocata en la espesura de la sierra extremeña.
Carlos nos acelera. Hay que seguir un poco más antes de comer pues aún queda bastante ruta. Y al llegar a un merendero, un grupo de locales nos advierte de lo lejos que queda Siruela. Pues unos 14 o 15 km. Menos mal que son de por allí y se conocen bien la zona. Hay un pequeño desconcierto, pues casi queda más de lo que hemos caminado. Vamos a Garlito con uno de los comensales, llamamos al autobús para que nos recoja…. Vamos a Siruela aunque se lo último que hagamos, en esa tarde, claro. Dudas, dudas y dudas.
Pero Paqui no se amilana y acertadamente comunica que la ruta es la que hay y que por el momento no hay cambio de planes, que ya hará otra de 5 km con cochinillo de comida.
Y antes de lo que pensamos estamos nuevamente en Peña Gacha, escurriéndonos entre el lentisco y sujetándonos en las ramas de las pequeñas encinas, intentando no dejarnos las botas en los pedregales y tomándonos una cerveza en el bar del pueblo.
Y ahora que ya he escrito mis recuerdos, espero que Carlos me haya perdonado y que Pasca no tenga que esperarme nunca más. 
De Belen para Sendeman

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